quién sabe?
que conjugan una mueca
en el espacio liberado
¿deliberado?
tal vez el escriba haya privilegiado esos instantes
conocedor profundo de las imágenes
los pasadizos donde guiarnos
descalzos y sin escudo
a un claro en el matorral de palabras:
al lugar en que un suspiro, una coma
o mirar como un ave lo haría
susurrar
apenas otra página
o caricia de leopardo en las comisuras
(si el poema aclara o asusta, si el poema revela o entrega
o es mezquino o se desdobla en aplausos, no tiene importancia)
porque en la superficie y en el fondo
el poema sigue siendo raíz y ofrenda de sí mismo
cuando dice
"son las cribadas voces
las suburbanas sangres de la ausencia
remansos omóplatos
las agrisomnes dragas hambrientas del ahora con su limo de nada
los otros pasos
idos de la incorpórea ubicua también otra escarbando lo incierto:
puede ser la muerte con su demente célibe muleta.
y es la noche."
entonces todas las mujeres son una mujer, todos los fuegos son ese fuego
todas las letras son la historia que se cuenta en ese verso
y quien lo escribe se convierte en un dios sin altares
pero con sangre de tinta
(y sus animales)
es así que uno se contagia esa jalea violeta y empieza a escribir
a dejarse caer donde la madrugada violenta confunde nombres
apariencias contrafarsas
antifaces para el ego retrovisor, sobre el hombro de un balbuceo
y son tantos los ecos, y es tanto el sabor.
y amanece, es casi todo.
un poema
ave, reina

se acarician, se besan, se desnudan,
se respiran, se acuestan, se olfatean,
se penetran, se chupan, se demudan,
se adormecen, se despiertan, se iluminan,
se codician, se palpan, se fascinan,
se mastican, se gustan, se babean,
se confunden, se acoplan, se disgregan,
se aletargan, fallecen, se reintegran,
se distienden, se enarcan, se menean,
se retuercen, se estiran, se caldean,
se estrangulan, se aprietan se estremecen,
se tantean, se juntan, desfallecen,
se repelen, se enervan, se apetecen,
se acometen, se enlazan, se entrechocan,
se agazapan, se apresan, se dislocan,
se perforan, se incrustan, se acribillan,
se remachan, se injertan, se atornillan,
se desmayan, reviven, resplandecen,
se contemplan, se inflaman, se enloquecen,
se derriten, se sueldan, se calcinan,
se desgarran, se muerden, se asesinan,
resucitan, se buscan, se refriegan,
se rehuyen, se evaden, y se entregan.
(oliverio girondo)
suite morrison
un brindis desde este pedo ciberespacial:
por todos los verbos para hacer el amor.
por inventar otros nuevos
y enseñárselos a nuestros hijos.
por un regreso a lo salvaje
que nos comunique con la tierra
y nuestro ser descalzo
en el polvo del tiempo
por ella, la perra sedienta que busca y olfatea
el semen de la luna
y se queda parafraseando, sola
con su látigo en la mano
que duerman bien, si pueden
y recuerden que es mejor desear un buen año pasado!
(otra mentira de los romanos
para encalendariarnos)
ate mais
donde está mi mente
almagro´s blues

estaba recostada en la cama
los ojos
entrecerrados por sus largas pestañas
parecían pequeños planetas sin órbita
sobre la atmósfera, una lenta melodía circense
un mechón de pelo húmedo cruzaba su cara en diagonal
en la penumbra verde, los muslos parecían traslúcidos
un sudor de vivo caramelo
latía sobre la piel
el se agachó para mirarla justo a la cara
vio su ectoplasma humear
la paciencia caliente del sueño
lo que fue saliva, evaporarse en partículas
ludiones, murmullos
secretos
"duerme"
abrió un poco las ventanas, y ya casi era de día
Volver a Berisso - Esteban Peicovich

Cada vez que un agorero me plantea el acabóse del país le sugiero turismo de autoayuda: viajar a Berisso. Es un paso: a 65 kilómetros del Obelisco, a 7 de La Plata. Si responde: “¿Berisso?”, lo felicito por dudar como un genio. Cuando en 1960 invité a Borges a dar allí una charla sobre Almafuerte lo aceptó solo porque creyó que se trataba de un lugar imaginario. “Iré, claro. Pero, ¿Berisso? Ese pueblo no existe. ¿Usted lo conoce?” Existe, doy fe. Allí, a partir de 1930, se me hizo la edad. Bajo dos bruscos generales (Uriburu y Justo), dos frágiles doctores (Ortiz y Castillo) y el cobijo de una familia mítica. Mi infancia allí fue la suma de tres calles, mucho miedo, varias sudestadas, una escuela templo, un reumatismo entero de mi padre y una media tuberculosis de mi madre. Esto, por el frigorífico y la hilandería, respectivamente y mediante.
Allí, desde un techo de zinc, admiré el primer OVNI de la época: el Graf Zeppelin, que cruzó el cielo como una oreja inflada y del cual después se habló mucho. Y vi algo más grande: una sociedad compuesta por 37 etnias diversas que, en medio de la crisis, hacía de la vida vecinal un acto religioso.
No piqueteaban. Se defendían con el trueque, la huerta y la mano pronta al caído en desgracia mayor. Una red de asistencia que permitía preservar la costumbre traída: mantener lo genuino y sostener a los hijos en medio de la adversidad. Eran activos, habladores, cantores. Vivían agotados, pero felices. Eran humanamente vírgenes. No violados por la televisión. En ese Berisso me doctoré: cociné puchero a los 7 años, recurrí a Dios (por miedo a los fantasmas) a los 9, me enamoré de la Chiappe a los 10 (Dios la guarde), porté la bandera papal al confirmarme a los 12, descubrí que una mujer es más que Bécquer (a los 14, gracias Felisa), a ser metafísico a los 15 y a ganar mi primer sueldo como pesador de chilled beef en un frigorífico en el que entré a los 16 y del que pude huir hacia el periodismo sólo a los 28.
Guerra europea, dictadura local, pobreza y la sudestada acosaban a Berisso. Entre el Armour y el Swift, de sol a sol, se mataban 5 mil novillos y 16 mil corderos. Nunca eran menos de cinco los barcos del mundo anclados a la espera. No había día o noche. Sólo ruido, humo, luz y sirenas. ¿El paisaje urbano? Por momentos mormón, isleño, polaco o vasco. Un paseo para temerarios lo ofrecía la calle Nueva York, puteril y viciosa, repleta de marinos ingleses y matarifes eslavos. Un arrabal por el que habían pasado Eugene O’Neill (premio Nobel y suegro de Chaplin), el padre de Anthony Burgess, las altas piernas de ébano de Josephine Baker, y también, trotado potrillos tan famosos como Federico Luppi y Lito Cruz.
Era un Berisso para Hemingway. Con cines que sin ironía se llamaban Progreso y Victoria. Y un prodigio de biblioteca popular (Pestalozzi) que aún llevo puesta de la cabeza a los pies. Ese Berisso tenía una estética sencilla: lo real ineludible, el arte povera. Los amantes amaban, los dolores dolían, los bailarines bailaban, la vida vivía, el chamamé sucedía al tango, la polca al vals, se comía pizza y fatai turco, y después del desfile del 9 de Julio quedaba una alfombra de cáscaras de semillas de girasol. No es que fuese una gloria, pero era la aldea soñada por Tolstoi. Un pueblo piloto. La película del mundo proyectada en un rincón de la Argentina. El símbolo de lo que la Argentina quiso ser a finales del siglo XIX y todavía no es. Museo viviente de un salto interrupto. Cuero salado, industria feudal, río pobre, trabajo a granel, oleadas de extranjeros y descalabro imparable del país. Y ahora, el resto aborigen de unas “naciones unidas” en miniatura que todavía siguen dándole color local al lugar.
No es mala idea aconsejarle al agorero (o a cualquiera que ande con el ánimo quebrado) darse un paseo por Berisso. Allí sigue latiendo el duende de la Argentina previa al salto fallido. Detrás de las chapas de zinc, de las hortensias, de los descascarados boliches de la Nueva York, late aún el proyecto inconcluso. De joven, soñaba con irme al mundo. Y me fui. Mi primera París fue La Plata. La segunda, Buenos Aires. Y así Praga, Budapest, Brujas, Delhi, Tokio, tantas. Un viaje demasiado largo para descubrir al fin que todas ellas estaban en Berisso. La que resis-te, mundial y soñadora. Con la memoria intacta. De autoayudalos momentos
nictalopía

"La muchacha dormía, con esa gracia suelta que alcanzan algunas mujeres y todos los gatos.
Su respiración no hacía el menor ruido, contra el vago murmullo de la radio."
Raymond carver, estaré esperando
con la que daba vueltas al mecanismo de la lluvia
noches desaguisadas dejó caer embriones, se enamoró de un coronel
y después volvía a la rueda, a cocinar lagartos
así se le pasaban las madrugadas, juntando con los dedos restos de hachís
una moneda de cobre
botellas de jim beam
algunas veces su mono le trepaba los hombros
le susurraba palabritas de amor, con el humo y la herrumbre
medias frases, desdeñosas
y entonces su faena se volvía menos mitológica
ella estaba inspirada en el cuadro de un lunático
y como tal servidora de los dióscuros, desonocía lo vital
de su nigromancia
ella está pariendo un pez, y al rato lo muerde por la cola
ella es el centro de esta extraña lógica
que nos tiene engrillados
atados al dorso del sol
y su jalea de gaviotas
está lloviendo en venus aires.
y no es una expresión de deseo.
vayan mis deseos para todos los atrapados por los engranajes de la noche.
tal vez algún día, para variar de vampiros
nos encontremos en una esquina cualquiera
preguntándonos qué será todo ese viento
a lo lejos
descansa, lila, dondequiera que éstes